martes, 16 de junio de 2009

Aprender a comprar

El principio de la educación es predicar con el ejemplo.
Anne Robert Jacques Turgot



La contaminación y demás afecciones del medio ambiente, son problemas cuya solución depende no sólo del cambio de actitud de los factores institucionales (el Estado, las empresas, las organizaciones sociales), sino también de nosotros mismos como individuos pensantes. Tenemos que explorar nuevos estilos de vida que nos permitan reducir el deterioro ambiental.

Los valores de la vida verde, aunque suenen extraños y parezcan tonterías, no son nuevos y difíciles de asumir. Son, entre otros, los viejos consejos o exhortaciones familiares que se nos vienen haciendo desde que estábamos en el preescolar: “apaga la luz al salir del cuarto” o “no gastes agua innecesariamente”, etcétera, etcétera. Valores que hoy, ante el dramático cambio climático que vive el planeta, cobran una gran pertinencia y utilidad: nos permiten contribuir con el equilibrio ambiental, a la vez que nos sirven para ahorrar energía y dinero.

Un principio fundamental de la vida verde es hacerse responsable de los actos propios y sus consecuencias. Tenemos que responsabilizarnos de la basura que personalmente generamos y tratar de reducirla. Para ello hay que focalizar las fuentes generadoras de basura y buscar la manera de mediatizarlas.

Una de las principales fuentes generadoras de basura doméstica son los envases que envuelven los productos que compramos. Hay que aprender a comprar. Aunque, ciertamente, somos parte de una sociedad consumista y, en consecuencia, somos seres productores de basura –y no es fácil liberarse de estos condicionamientos sociales-; podemos sin embargo integrar a nuestras pautas de vida hábitos de consumo que reduzcan sus efectos haciendo compras inteligentes. Antes de adquirir un producto, por ejemplo, debemos meditar sobre sus efectos ambientales y posibles sustitutos. Podemos preferir, por ejemplo, productos que posean menor cantidad de empaques o vengan “desnudos” (sin empaque) –como es el caso de vegetales o frutas. Si necesitamos un artículo envasado, es conveniente seleccionar aquellos cuyo empaque sea reciclable, esté producido con materiales reciclados o brinde algún otro beneficio en nuestra relación hombre-medio ambiente, ya sea por los ingredientes con que fue elaborado o por el impacto que éste tenga en el ambiente (si es biodegradable o no), etc.

Hay, en fin, muchas formas de reducir la producción de basura doméstica: sustituyendo unos productos por otros; consumiéndolos al máximo, etcétera. Depende del renglón y las circunstancias. Los artículos desechables de plástico, por ejemplo (cubiertos, platos, vasos, botellas de agua o refresco, etc), pueden ser sustituidos por otros, en la oficina, por tu propia taza, vaso y juego de cubiertos. También las baterías desechables de los artefactos electrónicos, pueden ser reemplazadas por baterías recargables, aunque éstas también son fuente importante de contaminación. Se puede igualmente ahorrar papel y generar menos contaminación, utilizando ambas caras de cada hoja de escribir o utilizar una pizarra para las notas del día. Disponer de un termo para el agua o jugo evitando así en lo posible comprar estos productos en botellas desechables. El uso de bolsas de lona para hacer mercado, así como la reutilización de las bolsas plásticas, son otras prácticas de consumo que contribuyen enormemente con la integridad del medio ambiente y resguardan nuestra economía.

La vida verde es, como puede verse, una estrategia que no sólo nos permite establecer y disfrutar de una relación armoniosa con el medio ambiente, sino también a mejorar notablemente nuestra capacidad de ahorro.

viernes, 5 de junio de 2009

Activa tu lado verde

(La carrera contra el cambio climático)

Las cosas no cambian; cambiamos nosotros
Henry David Thoreau


Es evidente que, pese al desarrollo de programas y campañas educativas, los innumerables eventos científicos realizados, la implementación de normas sancionatorias y la abundante bibliografía ambientalista acumulada, el hombre aún no ha concienciado a plenitud la necesidad de defender el ecosistema. Siguen produciéndose acciones que atentan contra el medio ambiente; y lo más triste, contra la posibilidad de formar una auténtica conciencia conservacionista. Hay personalidades e instituciones que, teniendo la formación, los instrumentos y la autoridad moral para criticarlas e impedirlas, se hacen los desentendidos y callan.

¿Cuántas veces no hemos observado en películas, vídeos o telenovelas escenas en las que algunos personajes tiran basura en las calles o en el mar? Son acciones que, aun cuando tengan un carácter ficcional y se orienten a conferirle mayor dramatismo o énfasis a una escena, perjudican tanto o más el medio ambiente como la del hombre de carne y hueso que arroja un papel a la calle; puesto que, lamentablemente, refuerzan la concepción de que no hay nada de malo con tirar basura a la calle o al mar. Ello debería llamar la atención de todos en general, pero estamos tan acostumbrados a presenciar estas acciones en nuestro entorno que simplemente pasan desapercibidas.

Algunos tal vez tildarán de nimiedad o tontería este ejemplo –calificándome de ambientalista exagerada o radical-, pero en verdad estos detalles reproducen el comportamiento indiferente de quienes no han recibido una educación adecuada o no poseen sensibilidad hacia la temática ambiental; además considero somos lo suficientemente creativos para transmitir cualquier mensaje y a la vez reforzar en los espectadores una conducta más sana, la cual contribuya al desarrollo de la sociedad y no contenga este tipo de imagen poco edificante

Los medios de comunicación constituyen un mecanismo poderoso de transmisión de mensajes sociales que debe ser utilizado responsablemente para educar y no para afianzar la conducta egocéntrica del ser humano. Deberían reflejar no sólo la sociedad que tenemos, sino también la que queremos. Aprovechar estos instrumentos para orientar o formar a quienes no tienen la posibilidad de recibir una educación directa apropiada, de modo que puedan ser ciudadanos capacitados para discernir entre lo bueno y lo malo o lo que realmente favorece y desarrolla a una sociedad. Este es un problema de responsabilidad social y una tarea impostergable.

Lo anterior puede hacerse, incluso, desde la publicidad. Así como utilizamos con maestría y eficacia las herramientas comunicacionales para promocionar un producto y venderlo, ¿por qué no las utilizamos, sin menoscabo de nuestros intereses mercantiles, para transmitir un mensaje que contribuya con la educación de la población o por lo menos que refuerce valores positivos en las comunidades?

Nuestro llamado es entonces a activar el lado verde que todos llevamos dentro. La educación ambiental no es un problema que atañe solo a los educadores. Todos debemos contribuir a sensibilizar la relación hombre-entorno y generar una conciencia ambientalista que esté presto a criticar lo que, directa o indirectamente, afecte la integridad del ecosistema. En el fondo es el verdadero “desafío del desafío” del que nos habla el maestro francés Edgar Morin como condición de un mundo más armónico. Hay que aprender a vivir, porque en realidad no sabemos.